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DOÑA INÉS HENRIQUE VALDÉS
aquí yace
en
polvo, ceniza
y
nada

y su hermano D. Andrés Henríquez canónigo de esta santa ig.

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(CeeT)- 1.- CUÁNTAS lápidas podemos contabilizar repartidas en el pavimento de la Mezquita – Catedral (no en las capillas laterales.)

(GH)- El número de lápidas que se encuentran en el pavimento de la Mezquita-Catedral ha ido variando a lo largo del tiempo, no sólo porque su colocación fue, como es lógico, un proceso en aumento con el paso de los siglos, sino también porque con las sucesivas reformas de la época Moderna y las excavaciones de los contemporáneos, se han removido, apartado, roto o quitado muchas de las que históricamente existían. En la actualidad, sólo en lo que respecta a lápidas, su cifra sobrepasa ampliamente el centenar, aunque alrededor de una treintena son piezas ya meramente musealizadas dentro del monumento.

(CeeT)- 2.- POR QUÉ podían ciertas personas ser enterradas en este privilegiado emplazamiento, y por qué está UBICADA ésta EXACTAMENTE AHÍ (¿fue “elegido” a criterio del cabildo catedralicio?)

(GH)- Desde la configuración del sistema funerario cristiano europeo a lo largo de la Edad Media, se organizaron los cementerios en torno a las parroquias, lugares donde se administraba el culto, pues se asentó la creencia de que cuanto más cerca se estuviera de un espacio sacro, más se aproximaba el difunto a la salvación. Estos lugares funerarios se dispusieron extramuros, dictaminándose prohibiciones de que los individuos se enterraran en el interior. Sin embargo, éstas se incumplieron abiertamente, por dos motivos: la nobleza y el clero aspiraban a estar aún más cerca de la vida eterna emplazando sus tumbas dentro de los templos, para lo cual no escatimaron en gastos; y la Iglesia vio en ello una fuente interesante de ingresos, pues las limosnas acostumbradas para estas “excepciones” constituían una no menor fuente de ingresos.

Para ser enterrado dentro de un templo, de este modo, y más claramente en el interior de una Catedral, de exigían dos cualidades: ser limpio de sangre -es decir, no tener ascendencia conversa, judía o islámica- y tener la capacidad económica para afrontar tanto la limosna impuesta como los gastos derivados de diseñar, construir y colocar los elementos artísticos y arquitectónicos para el enterramiento. Pero huelga decir, que lo que más pesaba era lo segundo, y por tanto gozaron de privilegiados enclaves para su descanso eterno en el cielo los que podían permitírselo aquí en la tierra. En los templos donde había espacio suficiente, claramente las Catedrales, se “trocearon” galerías, muros y arcos para venderlos y facilitar que las élites tuvieran así sus panteones a cambio de importantes sumas monetarias y embellecer con retablos, pinturas y esculturas la estética del edificio.

La ubicación de estas tumbas, fueran una sencilla lápida o una capilla suntuosa con altar, reja y cripta, obedecía tanto al criterio del cabildo de la Catedral, que abría un determinado espacio sacro para ello según cada momento, como a los propios interesados, que preferían localizar su hueco para el descanso eterno junto a tal o cual altar o imagen, sagrario o capilla, retablo o sitio clave. Los cruceros catedralicios (en Córdoba existieron dos, el medieval, luego capilla de Villaviciosa, y el concluido en el Siglo de Oro), fueron el máximo exponente ambicionado por los nobles, canónigos, obispos y grandes personajes, pues constituían el sancta sanctórum de la devoción. Eran también, de este modo, sitios con un cargado simbolismo, como demuestra que a don Pedro Duque Cornejo, autor del coro de la Catedral de Córdoba, se le permitiera poner su tumba y lápida en el centro del mismo, entre las hileras de los sillones de caoba que él había diseñado, como consideración a su labor.

(CeeT)- 3.- El EPITAFIO de la lápida parece NO ESTAR “COMPLETO”, A QUÉ PUEDE DEBERSE, ¿Qué datos faltarían si la inscripción siguiera un modelo más “convencional”? La sepultura, con un diseño elegante y rotundamente sobrio, CARECE DE SÍMBOLO CRISTIANO alguno. Qué valoración haces o qué interpretación le das a estos hechos.

(GH)- Como en la mayoría de los asuntos donde se ofrece información en la Época Moderna (documentos, partidas sacramentales, epigrafía, conmemoraciones…) no existió un único criterio en el ámbito funerario sobre qué datos o referencias debía contener una tumba, sino que queda a gusto del emisor, con la arbitrariedad resultante, qué hacer, qué decir y cómo manifestarlo. Aunque la mayoría de las laudas sepulcrales de la época ofrecen reseñas vitales, lo cierto es que no existe patrón algún sobre qué datos deben ofrecer, como en cierto modo sigue ocurriendo hoy día en las lápidas de los cementerios. Por ejemplo, en muchas tumbas encontramos la fecha exacta de muerte, en otras no; en otras encontramos la edad del difunto, pero en la mayoría, sobre todo cuanto más alejados estemos en el tiempo, es un dato extraño. Mismo síntoma que observamos en el dibujo o no del escudo de armas, que se contiene en unas sepulturas, pero en otras de personajes igualmente aristocráticos no se describe. Bien es cierto que es muy frecuente que al menos aparezca el año de la sepultura del finado, año que falta en esta lápida, pero no por ello se convierte en excepcional. La ausencia de símbolos cristianos tampoco es rara, pues muchas lápidas prefieren más la representación de elementos mundanos que a los propios de la fe. Y es que para los siglos Modernos, no es habitual encontrar cruces (como se acostumbra desde el siglo XIX) ni crismones (como se había estilado en la Alta Edad Media). Más elocuente por marcar cierta diferencia resulta la frase del epitafio, si bien no única, si llamativa por sustituir de manera impactante a cualquier trayectoria individual o familiar que acostumbraban a contener las laudas del momento.

(CeeT)- 4.- Qué sabemos (si es que sabemos algo) de esta noble señora que está ahí enterrada ¿probablemente gracias a la condición de eclesiástico de su hermano, que yace al lado? Podemos rastrear algún dato de su VIDA, está vinculada directa o indirectamente a algún hecho histórico acontecido en nuestra ciudad, y en general QUÉ FUENTES DOCUMENTALES nos acercan a estas eminentes personalidades y DONDE SE CUSTODIAN.

(GH)- Resulta evidente que doña Inés Enríquez Valdés yace enterrada en este lugar por ser pariente cercana de un canónigo, pues fue este cuerpo colegiado el que nutrió más habitualmente con sus propias tumbas el pavimento de la Catedral que gobernaban. Don Andrés (1698-1773) fue ministro de coro de la Catedral de Córdoba, secretario del Santo Oficio de la ciudad, racionero, y por fin desde 1751 canónigo, prebenda que ostentó hasta su muerte. Él y doña Inés eran hijos de don Andrés de Santiago Enríquez y de doña María Delgado Valdés. Por deducción, doña Inés debió de morir antes que su hermano, y sin haber contraído nupcias, aunque estas últimas son afirmaciones que hemos de poner en cuarentena a falta de una investigación más concienzuda.

(Ceet)- 5.- Crees que ella (Doña Inés) eligió esa imponente FRASE para sellar su sepultura y presentarse a la posteridad o “se la eligieron” en base a su personalidad y la mentalidad de la época. ¿Cómo debemos interpretar ese mensaje en su contexto histórico- social?

(GH)- Los interesados, como hoy, en dejar cierta impronta en sus exposiciones funerarias solían ocuparse de transmitir a sus albaceas las concreciones del lugar de su enterramiento y la forma del mismo, por lo que no es raro pensar que doña Inés pensara la frase aún en vida y expresara su voluntad de que escribiese tal. No obstante, no es tampoco una rareza inédita, pues existieron no pocas frases textuales o símbolos que representaran la fugacidad de la vida, lo inefable de la muerte y la trascendencia a lo ultraterreno, pues no podemos olvidar que la creencia cristiana se fundamenta en lo banal y pasajero de este mundo material y lo verdaderamente eterno y gozoso de la vida celestial tras la muerte. Estamos sin duda, pues, ante una difunta que quiso evidenciar, digamos, el dogma oficial, desnudo y sin alharacas, en contraste con las pompas y las medallas que solían ocupar mucho espacio temporal y físico en el mundo funerario de la España de la época.

(CeeT)- 6.- Gonzalo, ¿QUÉ TE LLAMA LA ATENCIÓN o te resulta más llamativo de esta tumba?

(GH)- Ciertamente, cada sepultura nos ofrece información explícita del finado e implícita de la época en la que se produce su muerte. Como hemos comentado, sin ser realmente una excepción única, sí que es curioso que esta tumba prescinda de referencias vitales o familiares prefiriendo explayarse antes en un lema fatal que en la búsqueda de remover la conciencia del espectador futuro.

(CeeT)- 7.- Qué OTRAS MAGNAS SEÑORAS “la hacen compañía” y también sus restos descansan en el interior de la Mezquita – Catedral.

(GH)- La proporción numérica que ocupan las mujeres en las laudas sepulcrales de la época Medieval y Moderna, hasta la instauración y generalización de los cementerios municipales en el siglo XIX, es escasa en general, y en la Mezquita-Catedral en particular. No hay razones oscuras ello, pues son dos los lógicos motivos por las que son abrumadoramente mayores las inscripciones funerarias en las que constan hombres: la primera, porque muchos enterramientos son realmente familiares, establecidos para albergar a toda la descendencia posterior, por lo que es un fundador el que consigna bajo su nombre el enterramiento que vendrán a ocupar los descendientes que así lo quisieran, y este habitualmente era un varón pater familias, dentro del funcionamiento propio de la sociedad de la época; y en segundo lugar, porque una cantidad muy sustancial y mayoritaria de las laudas sepulcrales de la Catedral de Córdoba son clericales, bien sean obispos o deanes, meros capellanes o cantores de coro, canónigos o inquisidores, todos, como es sabido, hombres.

De este modo, no llega a la decena las excepcionales lápidas que contienen como titular o co-titular de manera explícita a una mujer. Junto a doña Inés, nos han llegado las sepulturas de doña Leonor Bocanegra, hija de don Alfonso Fernández, señor de Montemayor, fallecida en 1448; doña Mariana Pardo de la Casta y Cisneros, que murió en 1695, esposa del ilustre Sr. D. Pedro Fajardo Mesía, regidor de Córdoba: o doña Teresa de Castillejo y Velasco, que murió en 1 de diciembre de 1812, cuya sepultura está en las naves de Almanzor, por citar algunos de los pocos ejemplos que suman el conjunto de laudas sepulcrales femeninas.

No obstante, esto no debe confundirnos: en la Mezquita-Catedral se encuentran bajo nuestros pies decenas de restos mortales de mujeres, que fueron enterradas en los panteones de sus padres, hermanos o maridos, y que aunque no consten en la epigrafía funeraria visible al espectador, sí que están documentadas por las fuentes documentales, especialmente por los partidas de los libros de difuntos de la parroquia del Sagrario.

(Ceet)- 8.- Descúbrenos OTRO EJEMPLO FUNERARIO que a ti te impacte dentro de la Catedral y por qué.

(GH)- Resulta muy sugestiva la lápida sepulcral del canónigo Cayetano Carrasco, ubicada en las inmediaciones de la puerta de acceso a la capilla de Santa Teresa o del Tesoro, cuyo óbito está fechado en septiembre de 1801. En su epitafio, el sacerdote se proclama a sí mismo “indigno presbítero”, fórmula de forzada humildad que si bien no impensable tampoco es habitual, pero lo más llamativo es que en vez de colocar en la parte superior de la lápida el habitual escudo de armas, el mármol contiene una cartela cuadrangular con un tétrico símbolo de la muerte, la calavera con dos huesos cruzados y la guadaña, así como un reloj de arena con alas, metáfora del “tempus fugit”, el tiempo vuela…Emblemática lúgubre similar encontramos en una lápida aneja, en mármol rojo, de 1817, y en otra cercana, propia del capellán don Antonio Rivera y Ávila, fechada en 1816.

En definitiva, todas estas, junto con la doña Inés, apuestan por aportar a la posteridad no tanto una exhibición de glorias (cargos, honores, familia, blasones…) como una demostración de lo fugaz de la vida e implacable de la muerte.

(CeeT)- 9.- Nos preguntamos quienes son los actuales TITULARES de esta tumba, la RESPONSABILIDAD DEL CABILDO en la gestión de estos espacios y quien está encargado de su MANTENIMIENTO, cuidados, etc.

(GH)- En el siglo XIX se desmanteló el sistema de los privilegios nobiliarios, y muchos de los usos y costumbres de la nobleza quedaron abolidos. Sin embargo, los enterramientos en los espacios sacros estaban regulados por determinadas cuestiones de derecho canónico, muchas de las cuales siguen en vigor en la actualidad, aunque la sociedad ya camine por otros intereses.

De este modo, los derechos de enterramiento en las capillas y sepulturas son una facultad que en muchos casos continúa vigente para los descendientes de aquellos fundadores de tiempos pretéritos, lo que, bien por no resultar interesante a sus actuales beneficiarios, bien por desconocimiento, no se ejerce en la mayoría de los casos. A ello hemos de sumar multitud de normativas actuales, tanto las municipales que limitan la inhumación de cadáveres fuera de los cementerios oficiales, como la propia legislación en materia de patrimonio, que impide muchas de las modificaciones que conllevarían abrir constantemente los viejos panteones, criptas y sepulturas en los diferentes templos para albergar nuevos fallecidos.

Así, es en primer término el Cabildo de la Catedral, como órgano de gobierno y gestión del monumento, el encargado de velar por el cuidado, limpieza y mantenimiento de todas las tumbas que se custodian bajo su suelo, aunque en cuestiones de reformas o intervenciones más agresivas (como excavaciones arqueológicas) también interviene la administración autonómica, competente en estas materias. También, puntualmente, si son conocedores de ello, tienen algo que decir los posibles descendientes que a día de hoy tengan derecho de enterramiento – con conocimiento y capacidad de demostrarlo- en cada uno de los enclaves funerarios del templo. Esto último no es cuestión menor, pues en otras lides de la actualidad hemos comprobado cómo la Iglesia no está exenta de dar explicaciones ante los derechos de patronato de los civiles, por antiguos que sean.

Este fue el caso el convento, ya exclaustrado, de Santa Isabel de los Ángeles, frente de la parroquia de Santa Marina, que tras ser abandonado hace pocos meses por las pocas y ancianas monjas que quedaban, la Orden de las clarisas lo vendió -por una cantidad desconocida pero muy elevada- para establecer allí un hotel. Es entonces cuando apareció el XIII marqués de Villaseca, don Eduardo Cabrera Muñoz, descendientes directo, legítimo y mayor de la fundadora del cenobio, doña Marina de Villaseca, que allá por el siglo XV donó casas y las dotó para la creación de la comunidad que hasta 2016 permaneció entre sus muros. Este señor alegó, como heredero del patronato del convento, que la orden no podía disponer del inmueble a su arbitrio, pues según las normas fundadoras debía servir para los fines sacros y funerarios para los que fue fundado, y la venta “podría implicar, además de incumplimientos civiles con graves consecuencias económicas, un posible ilícito penal de apropiación indebida o de usurpación”. Aunque el caso no está claro ni es generalizable a todos los enterramientos o capillas, sí que demuestra que el establecimiento de tumbas se hacía en el pasado de manera documentada y bajo un rigor legal que puede perdurar en su titularidad hasta hoy en día.

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De todo lo expuesto se deduce que el legado de los usos funerarios de nuestro pasado tiene una importancia capital en el patrimonio que nos legaron nuestros antepasados. Por ello, visita como la de “La Mezquita-Catedral de Córdoba, panteón de hombres ilustres”, pretenden poner en valor este monumento único en el mundo como receptáculo de los restos mortales de grandes individuos de nuestra cultura, eclesiásticos, políticos o culturales, que ayuden a conocer las biografías de grandes nombres que forjaron nuestras sociedades pasadas y que desconocemos en gran modo, a pesar de pasear a menudo por encima de sus sepulcros o pasar sin atención junto a sus capillas.

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